Nunca, en estos 50 años que llevo de vivir como artista, me había encontrado con condiciones tan difíciles para ejercer la vocación. Y no hablo solo de la falta de recursos, ni de la falta de espacios y la precariedad material que ya de por sí golpea. Hablo de algo más hondo, más corrosivo: la descomposición de la palabra. Hoy, el incumplimiento de la palabra que se le da a un artista es cosa cotidiana. Se promete apoyo, se habla de buenos contratos, se asegura una mejora en las condiciones laborales… y luego, el silencio. La indiferencia. La puerta que se cierra sin ninguna explicación.

Ejemplos de lo que digo hay muchos, el incumplimiento de la palabra empeñada para algunos no vale nada. Y uno se pregunta:

¿Para qué tanta mentira?

¿Acaso, en el fondo, a quienes prometen les divierte jugar con las emociones de los demás?

¿Acaso no se considera que el incumplimiento de la palabra dada a un artista no es únicamente un daño patrimonial, sino también, y sobre todo, un daño moral?

Porque el artista no vive solo de pan. Vive de la confianza que deposita en los otros. Cuando un funcionario promete y no cumple, no solo deja una factura sin pagar: deja una herida. Deja la sensación amarga de haber sido burla de alguien por haber creído en quien nunca tuvo la intención de honrar su palabra. Y uno se pregunta, con indignación contenida:

¿Quienes así se portan, lo hacen por diversión?

¿Lo hacen porque algún complejo los impulsa?

¿Lo hacen porque sienten que así acrecientan su importancia personal?

¿O será que el poder, cuando no se ejerce con ética, convierte a los hombres en caricaturas de sí mismos?

Ese silencio que no es olvido, sino desprecio. Ese silencio que no es descuido, sino mala educación.

Lo más dramático de todo es que estas conductas van en aumento, no solo en instancias oficiales, sino también en diversos ambientes de nuestro quehacer humano, donde, a pesar de las extraordinarias formas de comunicación que existen hoy, en la era del WhatsApp, instrumento poderoso para la comunicación, con el cual en cualquier momento se puede enviar un mensaje que contenga una disculpa, una propuesta de nueva fecha y una nueva alternativa, no hay pretexto que valga para no colocar por delante la educación y la decencia, y reagendar. Y sin embargo, la fea costumbre del silencio persiste y se extiende y contagia en todos lados. Ese silencio que no es olvido, sino desprecio. Ese silencio que no es descuido, sino mala educación.

Y mientras tanto, el artista sigue creando. Sigue ensayando, escribiendo, pintando, componiendo, aunque nadie le asegure un mañana con mejores condiciones. Sigue creyendo, contra toda evidencia, que su obra vale la pena. Y así, sin pretenderlo, se convierte en un coleccionador de promesas incumplidas y sigue adelante, a pesar de la soledad y el desencanto.

En verdad lo siento mucho por aquellos jóvenes que, decididos a vivir como artistas, tienen un camino cuesta arriba; no solo empinado, sino también espinoso, oscuro, incierto e increíblemente difícil. Ellos merecen algo mejor. Merecen ambientes donde se cumpla la palabra. Merecen una sociedad que valore su trabajo. Merecen, en fin, un país donde prometer no sea un ejercicio de cinismo, sino un compromiso sagrado con la palabra empeñada.

Prometer no sea un ejercicio de cinismo, sino un compromiso sagrado con la palabra empeñada.

Porque el arte no es un lujo. Es la noble actividad humana que guarda la memoria del pueblo, es su espejo, es su voz más profunda. Y cuando se le falta al respeto al artista, se le falta al respeto a la comunidad entera. Se le falta al respeto a la posibilidad de un futuro más humano, más sensible, más justo.

Raúl Martell