Ser hijo de un compositor como lo fue Héctor Martell es llevar la herencia de la bohemia en las venas. Mi padre, en esencia, era un bohemio, un romántico empedernido, un soñador que compartía conmigo sus creaciones. Algunas veces, antes de que saliera el sol, él me despertaba en la madrugada entusiasmado; sus ojos brillaban de felicidad, estaba orgulloso de que lo que acababa de escribir era, sin duda, una buena canción, y entonces exclamaba: «¡Escucha lo que acabo de escribir!». Y sin más, el sonido de su guitarra llenaba el aire, y su voz, rasposa y melodiosa al mismo tiempo, comenzaba a desgranar la última de sus composiciones. Cuando terminaba de cantar me preguntaba: ¿Qué te pareció? Porque su desafío personal era: mi nueva canción «tiene que ser mejor que la anterior».

Esas madrugadas musicales, esos momentos robados al sueño pero entregados al arte, fueron sembrando en mí la semilla que, con el tiempo, germinaría en mi vocación de cantautor. Una semilla que hoy, después de más de cincuenta años de cultivarla, me desafía con una pregunta que resuena en lo más profundo de mi ser: ¿Fui yo quien eligió el camino de la música, o fue la música, con su sabiduría inescrutable, quien me eligió a mí?

¿Fui yo quien eligió el camino de la música, o fue la música quien me eligió a mí?

Hay quien dice que nuestras almas, antes de nacer, eligen a quienes serán nuestros padres. Si ese fuera el caso, quizás la elección de mi vocación fue consensuada y premeditada con fuerzas más allá de nuestro entendimiento.

Los recuerdos de mi infancia revolotean alrededor de la voz de mi padre, siempre cantando, siempre acompañado de su guitarra, que sin duda era la extensión de su alma de bohemio. Mi padre no era un maestro condescendiente, de esos que endulzan la verdad con miel; era estricto, exigente. Me enseñó a colocar los dedos sobre el brazo y los trastes de la guitarra, me mostró los primeros acordes, me inculcó los ritmos y todo aquello que sabía.

La guitarra llegó a mis brazos a muy temprana edad, tendría yo apenas ocho años, y desde ese instante se convirtió en una extensión de mi propio cuerpo, en la voz de mi alma; la guitarra fue la expresión de mis emociones cuando las palabras, por más elocuentes que fueran, eran insuficientes. Cada día la tomaba entre mis manos y me sumergía en esa indescriptible sensación de escuchar el sonido armonioso y melódico que me obsequiaba. Los acordes me resultaban magia; me parecía fascinante descifrar una melodía, y replicarla con el sonido de las cuerdas me producía una sensación de placer y alegría extraordinarias.

Recuerdo cómo, guitarra en mano, me dedicaba a escuchar las canciones que surcaban las ondas de la radio. No lo hacía como un oyente pasivo, de esos que se dejan arrullar por el sonido sin indagar en sus entrañas, sino como un aprendiz hambriento, dedicado y tenaz, que buscaba desentrañar los secretos ocultos en cada nota. Intentaba identificar en qué tonalidad se encontraban, descifrar cuáles eran sus armonías y ejecutar sus ritmos. Ese fue mi entrenamiento auditivo, autoimpuesto, una disciplina que, años más tarde, cuando por necesidad o por el simple capricho del destino tuve que acompañar a otros cantantes, me otorgó habilidades que en aquel entonces, en la inocencia de mi juventud, no sabía que necesitaría.

A los ocho años, cuando la vida aún era un jardín de asombros y el mundo un lienzo en blanco, escribí mi primera canción, a la cual, con la inocencia de la infancia y la premonición del destino, titulé «Amor y paz». En retrospectiva, veo con una claridad que antes me era esquiva que la vocación de cantautor social, esa llama que ardería con fuerza en mi alma, estaba en mi sangre desde muy temprana edad, como si mis dedos pequeños ya supieran que estaban destinados a crear música que hablara no solo de amores personales, de esas pasiones que nos consumen y nos elevan, sino de anhelos colectivos, de las esperanzas y los dolores de un pueblo entero.

Pero aquí, en este punto de la narración, comienza la verdadera historia, la que se teje con los hilos de la resistencia y la obstinación. Porque una cosa es tener la semilla plantada por un padre músico, un legado que se hereda con la sangre y el espíritu, y otra muy distinta es decidir ejercerla todos los días, con constancia y dedicación, durante más de cinco décadas, especialmente cuando el mundo te susurra al oído que estás perdiendo el tiempo, que tus sueños son leña para la hoguera de las realidades.

Mi padre me dio la guitarra y las primeras lecciones, esos cimientos sobre los que se edificaría mi destino. Pero no me dio —porque no podía darme, pues era un conocimiento que solo la vida, con sus golpes y sus caricias, puede otorgar— un manual de supervivencia para ser músico en un mundo que, con una miopía desoladora, considera la música un mero pasatiempo, un hobby, y no una profesión legítima, un camino de vida. No me enseñó cómo responder cuando la gente, con ese tono condescendiente que esconde una mezcla de lástima y curiosidad, pregunta: «¿Pero de qué vas a vivir?». No me mostró cómo mantener la fe inquebrantable en tu arte cuando los meses se vuelven económicamente largos y difíciles; eso lo aprendí en el largo camino del autoconocimiento, insistiendo, resistiendo y nunca desistiendo.

Las lecciones que te hacen fuerte, resiliente, las obsequia la vida, y las tuve que aprender cuando me dedicaba a promover mis canciones para que fueran interpretadas por otros cantantes y los productores me decían: «tus canciones no son comerciales», escribe algo como lo que hace Camilo Sesto o Juan Gabriel. Porque desde el inicio la industria está presente, moldeando o intentando moldear al autor compositor, enseñándole —así, entre comillas— a que no escriba lo que sus adentros le dictan, sino que escriba «para vender, para hacerse famoso y ganar dinero».

Ahora, después de más de medio siglo dedicándome a realizar este «sueño», esta «locura», me siento con la motivación de compartir contigo mi historia. No para presumir de logros, que son efímeros, ni para lamentarme de sacrificios, que son el precio que se paga por ejercer la libertad, sino para dejar testimonio de lo que significa elegir la vocación sobre la sumisión, y seguir el camino del corazón sobre el camino que argumenta: «Primero lo que deja y luego lo que apendeja». ¡Cuántos sueños han muerto para quienes han hecho caso de esa sentencia!

Conozco casos de quienes, con el paso de los años, me han confesado: «he ganado dinero, estoy bien económicamente, pero me hubiese gustado atreverme a seguir en la música, así como tú lo has hecho».

Porque si algo he aprendido en estos cincuenta años de andar por los caminos de la música, es que la vocación no es un mero oficio; es, en su esencia más pura, lo que eres, y de ello no te puedes escapar. Cuando llevas la música por dentro, no tienes opción real de hacer otra cosa, por más que el mundo te invite a transitar por senderos más seguros, más transitados, más predecibles. Puedes intentarlo, puedes desviarte, puedes buscar caminos que prometan mayor tranquilidad económica, pero tu ser no vibrará, tu corazón no latirá con la emoción que sientes al crear una canción, al darle voz a un sentimiento. Cuando finalmente aceptas tu verdadera naturaleza, que te llama desde lo más profundo de tu ser, te dejas arrastrar, sin oponer resistencia, y te abandonas, aunque vayas solo, hacia donde te lleve tu suerte.

La vocación no es un mero oficio; es, en su esencia más pura, lo que eres.

Mi vocación es el camino que elegí como destino; es y ha sido esa voz interior que me llamó en la infancia sin preguntarme: ¿tendrás el valor de vivir plenamente, sin importar lo que diga el mundo, sin importar los juicios y las miradas de quienes no comprenden la pasión que te consume? ¿Tendrás la fortaleza para levantarte cada vez que la vida, con crueldad, te derribe? ¿Podrás seguir cantando a pesar de que nadie parezca escuchar? ¿Podrás continuar cuando el eco de tu voz se pierda en el vasto silencio de la indiferencia? ¿Podrás mantener viva la llama de la creación cuando el dolor agobie, el hambre apriete y los vientos de la realidad soplen con fuerza, amenazando con apagar tu llama para siempre?

Aquí va mi historia, contada después de más de cincuenta años de cantautor. ¿He sido audaz? ¿He sido valiente, o solo he sido un aferrado al corazón que siempre me ha dicho: «tú puedes…!», incluso en aquellos momentos en que en realidad sentí que no podría?

He aceptado las consecuencias de vivir como artista, de llevar el corazón por delante, de plantar una sonrisa antes que un rostro hipócrita y convenenciero. Acepté las consecuencias que eso implicó y los sacrificios que la vocación me exigió. ¿Qué si he tenido alegrías? Sí, muchas y mayormente inesperadas. Esta es mi confesión de más de cincuenta años viviendo como cantautor; he aquí las canciones que dan testimonio de esta vida elegida conscientemente. Lo mío es, quizás, un acto de amor y rebeldía, ambas cosas necesarias e inseparables, justas y necesarias para llevar a cabo esta travesía.

Mi vocación es el camino que elegí como destino, una fuerza invisible que me ha guiado a través de los vericuetos de la vida. Es un faro que no alumbra más de un metro y medio, pero siempre hacia adelante: hacia la próxima canción, hacia la próxima experiencia.

Todo comenzó en aquellas madrugadas en que mi padre me despertaba para compartir sus creaciones. Ese mismo faro que, aun con su luz corta, nunca ha dejado de señalar el rumbo.

Mi esperanza es que tú, lector o lectora, enciendas tu propio faro para que ilumine tu corazón. Y que, con la experiencia que este libro pueda aportarte, logres avivar su luz y vislumbres tu camino no solo un metro y medio, sino un poco más allá. Gracias por leerme.

Raúl Martell