Como te platiqué, yo vivía en Oaxaca, un hermoso estado al que llegamos —la familia Martell Rodríguez— cuando yo tenía apenas nueve años, debido al trabajo de mi padre, quien por aquellos años se desempeñaba como visitador médico. Sin embargo, al alcanzar la mayoría de edad, decidí venir a vivir a la Ciudad de México, antes Distrito Federal.

No fue una decisión fácil. A mi estructura interna le faltaban muchos espacios por llenar: me faltaba experiencia, madurez y preparación. Aun así, mis ansias de volar eran inmensas y mi arrojo, temerario, ignoraba lo que significaba vivir fuera de casa, los riesgos que implica y los peligros a los que se está expuesto. Pero de eso se trata la vida; solo quien no hace nada no se equivoca; después de todo, ¿quién nace sabiendo?

Llegué a trabajar en la Zona Rosa de la gran ciudad, en un bar que se llamaba «La Carreta Rosa». Las condiciones de trabajo habían cambiado por completo: ya no era el trovador de Oaxaca que, con sus serenatas, cobraba lo mismo que un mariachi de diez integrantes; ya no era aquel cantante codiciado que se daba el lujo de rechazar contratos. Ahora era uno más de los tantos soñadores que llegaban a conquistar la gran ciudad con su voz y sus canciones.

Con esto quiero decirte que mis ingresos bajaron considerablemente. Para sobrevivir llegué a trabajar como acompañante de otros artistas. Fue ahí donde mi entrenamiento auditivo —aquel que desarrollé escuchando con aguda atención las canciones en la radio con el fin de «sacar las pisadas», es decir, descifrar las armonías y la tonalidad— me ayudó a generar ingresos y a seguir adelante.

Viví un tiempo en un departamento del gran cantante puertorriqueño Rony Soto, a quien conocí en Oaxaca, ya que trabajamos juntos durante una temporada en el Hotel Misión de los Ángeles, que, además de contratarme a mí, traía artistas desde la Ciudad de México.

Gracias a Rony Soto tuve un lugar donde estar al menos tres meses sin tener que preocuparme por una cama ni por una habitación. También gracias a él empecé a relacionarme y a conocer figuras del espectáculo, como al fabuloso cantante Carlos Lico, a quien llamaban «La voz de oro de Puerto Rico».

Es notable que, en aquella época, el estilo propio tuviera un valor fundamental. Ninguna de las figuras de aquellos años se parecía a otra. Nombres como Pedro Infante, Javier Solís, Jorge Negrete, Carlos Lico, Manolo Muñoz, César Costa, Enrique Guzmán y Angélica María tenían identidad propia, estilo y originalidad. Y eso es importante decirlo, recordarlo y señalarlo, porque hoy todo suena igual: uniformar los sonidos parece ser una condición para conseguir contratos.

Mis primeros espacios de trabajo

Comencé a cantar en varios lugares. Había oportunidades: muchos bares, hoteles, restaurantes. La vida nocturna de la gran ciudad me fascinaba. Llegué a sentirme un ave nocturna; para mí, la noche era magia, música y anhelos.

Una noche en el Hotel Crowne Plaza de la Ciudad de México

Recuerdo una noche en particular; con mis maravillosos 19 años estaba tocando en un bar llamado «Caballo Negro» del Hotel Crowne Plaza cuando llegó un hombre ya mayor, claramente deprimido, y se sentó en una mesa del rincón. Pidió una cerveza tras otra, y yo podía ver en sus ojos que cargaba con algo pesado. En un momento se acercó y me pidió que cantara «algunas de esas dolorosas, de las que dan sed», me dijo. Cuando terminé de cantarle, el hombre ya estaba ahogado en llanto; sin embargo, sus lágrimas iban más allá de la borrachera, eran lágrimas de esas que limpian el alma. Me invitó a su mesa, me ofreció una bebida, me dio una propina generosa y me dijo con voz quebrada: «Gracias, eres todo un maestro. Esas canciones me ayudaron a desatorar lo que tenía pegado en el pecho».

Por experiencias como esta supe que lo que hacía no era solo entretenimiento. Era algo más profundo, más sagrado. Era acompañar a la gente en sus momentos más vulnerables, ser el vehículo para que expresaran lo que no podían decir con palabras propias. Era convertirme, por unas horas, en la voz de sus alegrías, de sus penas, de sus nostalgias, de sus esperanzas.

Y para hacer eso bien, necesitaba estar presente, estar consciente, estar sobrio. Necesitaba ser digno de la confianza que la gente depositaba en mí cuando me pedían una canción para su dolor, para su alegría, para su nostalgia. Necesitaba honrar esa responsabilidad con todo mi ser.

Esos diez años en bares y restaurantes no fueron solo mi escuela musical. Fueron mi escuela de vida. Ahí aprendí sobre la naturaleza humana, sobre las pasiones y las debilidades, sobre la soledad y la necesidad de conexión que todos llevamos dentro. Aprendí a leer en los ojos de la gente historias que nunca me contarían con palabras. Aprendí a sentir la energía de un lugar, a adaptarme a ella o a transformarla según lo que se necesitara.

Aprendí la primera gran lección sobre ser músico profesional: que puedes vivir de la música, pero tienes que estar dispuesto a trabajar duro, a ser disciplinado, a mantener tus principios incluso cuando es difícil, especialmente cuando es difícil.

Porque ser músico no es solo subirse a un escenario y tocar bonito. Es ser un profesional, es ser confiable, es llegar a tiempo, es tratar bien a la gente, es cuidar tu voz y tu instrumento, es leer al público y darle lo que necesita. Es adaptarte a circunstancias cambiantes, es resolver problemas sobre la marcha, es mantener la calma cuando todo parece salir mal.

Es, sobre todo, entender que la música es un servicio. Un servicio al alma humana, a la necesidad que todos tenemos de belleza, de emoción, de conexión. Un servicio que, cuando se presta con honestidad y entrega, puede transformar momentos, aliviar dolores, crear recuerdos que durarán toda una vida.

La música es un servicio al alma humana.

Y cuando entiendes eso, cuando realmente lo entiendes, ya no puedes querer hacer ninguna otra cosa. Ya no quieres ser otra cosa que cantante, músico, compositor. Porque has visto el poder que tiene tu vocación para tocar vidas, para cambiar momentos, para hacer que la gente se sienta menos sola en este mundo a veces tan frío, tan indiferente.

Esos diez años me enseñaron que había elegido bien. O que la música me había elegido bien a mí. Porque al final de cada noche, cansado pero satisfecho, con la guitarra en su estuche y el eco de las canciones aún resonando en mis oídos, sabía que estaba exactamente donde tenía que estar. Haciendo exactamente lo que tenía que hacer. Siendo exactamente quien tenía que ser.

¿Evolución o involución?

Hago una pausa para hacer una reflexión por esas noches de bohemia interminable. Porque conozco el placer de cantar profundas letras, sé los sentimientos que despiertan, sé las emociones que causan y el bienestar que nos dejan en el alma, me sorprende —y duele— el rumbo que ha tomado la música popular en la actualidad. Nunca imaginé que el público pudiera aceptar como «canciones» majaderías, vulgaridades e insultos. En la actualidad el morbo se ha convertido en un gran negocio… y eso duele.

La música, las letras, las canciones son un asunto de salud pública. Es importante decirlo en todos los espacios hasta que se entienda bien. No es intrascendente escuchar y cantar letras que, bajo el pretexto del entretenimiento y cobijadas en un ritmo pegajoso, van dejando mensajes idiotas.

Como profesional de la música, no acepto que se diga que las canciones de hoy son «evolución». La palabra «evolución» implica mejora, avance, perfeccionamiento. ¿Qué evolución puede haber cuando las letras actuales están repletas de simplismos, majaderías, vulgaridades, frases sin sentido, sin poesía, sin metáforas, y saturadas de descripciones explícitas que, si se pronunciaran en la calle —sin el ritmo alcahuete del reguetón—, harían que cualquier policía te llevara al Ministerio Público por acoso sexual?

Armando Manzanero, siendo presidente del Consejo Directivo de la Sociedad de Autores y Compositores de México, me otorgó el honor de escuchar algunas de mis canciones. Una de ellas fue «Mañana», ejemplo de mi compromiso con las buenas letras y las buenas armonías. Después de escucharla me dijo:

Martell, eres uno de los buenos compositores de México. Lástima de los tiempos en los que estamos viviendo; de no ser así, serías una gran figura en nuestro medio. Armando Manzanero · Sociedad de Autores y Compositores de México

Gracias, maestro Manzanero, por tan generoso comentario.

«Mañana» Letra y música de Raúl Martell

Mañana,
Si alguna sombra de cansancio nos alcanza,
Y si el amor se va de pronto de la casa,
Y si el camino se termina entre los dos…

Mañana,
Si nos tratamos como dos desconocidos
Y nos fingimos un amor que no sentimos,
Si nos sucede, sería bueno conversar.

Entonces
Sería mejor que nos hablemos francamente,
Y no finjamos como lo hace tanta gente,
Y no juguemos al amor con nuestro amor.

Prefiero
Si alguna vez dejas de amarme, que lo digas.
Por más que duela, no me llenes de mentiras.
Por compasión, jamás te quedes junto a mí.

Mañana, mañana, mañana…

Como podrás notar, en esta canción hablo del amor maduro, del respeto y de la honestidad en las relaciones humanas. No es una canción sobre la pasión desenfrenada ni sobre la posesión obsesiva —esa que tantas veces se confunde con amor—. Es una canción sobre la dignidad en el amor, sobre la verdad como base de cualquier relación que merezca la pena.

Uso metáforas como «si alguna sombra de cansancio nos alcanza» para hablar de la fatiga que puede llegar a una relación, de ese desgaste natural que ocurre cuando dos personas comparten la vida. No digo vulgarmente: «si te aburres de mí» o «si ya no me deseas, vete al carajo».

En «Mañana» propongo la comunicación honesta como solución a los problemas de pareja: «Sería mejor que nos hablemos francamente». No propongo venganzas, engaños, violencia ni manipulación. Propongo lo más difícil, pero también lo más valioso: la verdad dicha con amor.

Hablo de dignidad en el amor: «Por compasión, jamás te quedes junto a mí». Porque el amor sin deseo, sin admiración, sin respeto no es amor: es lástima. Y nadie merece ser el objeto de la lástima de quien alguna vez lo amó.

Lo que distingue a esta canción de otras que abordan temáticas similares es precisamente su compromiso con la verdad emocional, expresada a través de un lenguaje elevado pero accesible. No recurro a la vulgaridad para hablar de sentimientos dolorosos, ni simplifico la complejidad de las relaciones humanas. Al contrario: utilizo la metáfora, la paradoja y otros recursos literarios para crear un espacio de reflexión donde el oyente pueda reconocerse sin sentirse juzgado.

Esta es la verdadera evolución en la música: no la simplificación del lenguaje ni la vulgarización de los sentimientos, sino la capacidad de hacer accesible lo profundo, de vestir con palabras hermosas las verdades más difíciles de nuestra existencia compartida. Es lo que he intentado hacer a lo largo de mi carrera como cantautor: elevar lo cotidiano a la categoría de poesía, sin perder por ello la capacidad de conectar con el público.

Porque al final, ¿no es esa la misión del arte? Tomar lo que todos sentimos y transformarlo en algo que trasciende, que ilumina, que consuela. Hacer que las palabras sean más que palabras, que las notas sean más que sonidos, que una canción sea más que entretenimiento pasajero. Convertir la experiencia humana en algo que perdura, que resuena, que significa.

Ahora compara esto con lo que escuchas hoy en internet: letras que reducen el amor a actos sexuales explícitos, que cosifican a la mujer convirtiéndola en un objeto para el placer masculino, que glorifican la violencia como forma de resolver conflictos, que promueven el consumo de drogas como si fuera algo normal y deseable. Letras que, si las dijeras en la calle sin el ritmo que las acompaña, te harían ver como un delincuente o un perturbado mental.

Por eso es pertinente cuestionar, preguntar, reflexionar en estas producciones musicales:

¿Dónde está la poesía?

¿Dónde están las metáforas que eleven el espíritu humano?

¿Dónde está la responsabilidad del artista hacia su público, especialmente hacia los jóvenes que están formando su visión del mundo, su entendimiento de lo que significa amar, de lo que significa ser hombre o mujer?

Cuando yo era un joven trovador y tocaba en esos bares y restaurantes —como ya mencioné—, entendí que tenía una responsabilidad. La gente me escuchaba, me creía, se emocionaba con mis canciones. Eso significaba que tenía el poder de influir en sus emociones, en sus pensamientos, incluso en sus decisiones. Era una responsabilidad sagrada que nunca tomé a la ligera.

Hoy veo que algunos jóvenes «artistas» parecen competir por ver quién puede ser más vulgar, más explícito, más degradante. Y lo llaman «evolución». Lo llaman «libertad de expresión». Lo llaman «arte».

Pero yo, que he dedicado más de cincuenta años a vivir como artista, que he visto el poder transformador que puede tener una canción bien hecha, que he sido testigo de cómo la música puede sanar heridas y unir corazones:

No estoy de acuerdo con que se llame «evolución» a lo que claramente es una «involución».

No estoy de acuerdo con que se llame «arte» a lo que es mera provocación sin sustancia.

No estoy de acuerdo con que se llame «libertad de expresión» a lo que es simple irresponsabilidad.

La verdadera evolución en la música sería elevar cada vez más el nivel poético, la profundidad emocional y la belleza melódica. Sería usar el poder de la música para hacer que la humanidad sea mejor, no para degradarla. Sería honrar la tradición de los grandes compositores que nos precedieron, no desdeñarla en nombre de una falsa modernidad.

Creo, sin dudar, que la música que toca el alma y eleva el espíritu no es una moda, es una necesidad. Como seres humanos, no podemos vivir como animales; estoy seguro de que siempre habrá personas hambrientas de belleza, de profundidad, de autenticidad en un mundo cada vez más superficial, banal y artificial.

Y si eso me convierte en un dinosaurio en esta época de reguetón y vulgaridad, pues que así sea. Prefiero ser un dinosaurio con dignidad que un «artista» moderno sin alma. Prefiero ser fiel a mi visión de lo que la música debe ser, aunque eso signifique nadar contra la corriente, aunque eso signifique no estar en las listas de éxitos, aunque eso signifique ser considerado anticuado o irrelevante por quienes confunden el ruido con la música.

Prefiero ser un dinosaurio con dignidad que un «artista» moderno sin alma.

Después de estos cincuenta años de vivir como artista, puedo decir con orgullo que he dedicado mi vida a crear belleza, no a destruirla. Que uso mi talento para elevar, no para degradar. Que soy fiel a lo que la música realmente significa: un lenguaje universal que conecta almas y trasciende las limitaciones del mundo material.

Y eso vale más que todos los éxitos comerciales del mundo. Vale más que todas las reproducciones en plataformas digitales. Vale más que todos los premios y reconocimientos.

Porque cuando todo eso se desvanezca, cuando mi nombre sea olvidado y mis canciones ya no suenen, quedará lo único que realmente importa: que fui fiel a mi arte, a mi visión, a mi responsabilidad como cantautor; que usé el don que me fue dado para hacer de este mundo un lugar un poco mejor, un poco más bello, un poco más humano.

Y eso… eso nadie me lo puede quitar.
Raúl Martell