Muchas veces me han preguntado qué se escribe primero, si la letra o la música. En cuanto a la creación de canciones, no hay un orden establecido; la inspiración es libre y cada autor trabaja como le viene en gana. En mi caso, por lo general escribo la letra y la música va llegando, va vistiendo las palabras de manera natural. Cierto es que, en la creación de una canción, la inspiración es un 5 % y el trabajo es el 95 %, pero eso también cambia con los años; la experiencia juega un papel fundamental y se refuerza el oficio.

Mi primera canción la escribí a la edad de ocho años, y con el paso de los años me convertí en un compositor prolífico, un observador curioso del mundo que fui dejando testimonio de mi vivir y de las experiencias que observaba a mi alrededor.

Como a mi padre y otros autores, la inspiración me brota como agua en la fuente, en cualquier lugar en que me encuentre o en cualquier situación. La música fluye en mis adentros; el tema, aquello de lo que voy a hablar, muchas veces llega primero que la música.

En un principio, las letras de mis canciones eran pobres en su prosa, en su poesía y en su estructura. Tenía el impulso, tenía la melodía, tenía la emoción, pero me faltaban las herramientas para expresar con precisión lo que bullía en mi interior. Ahora me da risa recordar que algunas veces tenía una idea en la mente y, al terminar la canción, me encontraba con otra idea muy distinta a la que en un principio bullía en mi interior. La lectura lo cambió todo. Tomé los libros a temprana edad; el primer libro que leí fue Corazón. Diario de un niño, de Edmondo De Amicis: un libro mágico e inspirador. Después leí el Cantar de Mío Cid, más conocido como El Cid Campeador, que cuenta la historia del noble caballero Rodrigo Díaz de Vivar. Leí también a Lobsang Rampa y su famoso libro El tercer ojo. Todavía recuerdo esas lecturas con mucho gusto y una gota de nostalgia. Esos libros y muchos otros ampliaron mi lenguaje e imaginación y me ayudaron, sin que yo lo supiera, a ordenar mis ideas. Con el paso de los años y después de más de 100 canciones, pude plasmar en mis letras todo lo que brotaba de mí, utilizando figuras literarias con plena conciencia.

Porque, al igual que mi padre, yo también quería que mi nueva canción fuera mejor que la anterior. No me bastaba con repetirme, con encontrar fórmulas cómodas que «funcionaran». (Se dice que una canción funciona cuando se convierte en un éxito; este concepto es capitalismo puro y, desde mi punto de vista, va totalmente en contra del objetivo fundamental del creador, dado que los autores y compositores no buscamos ganar dinero con nuestras obras, sino mover emociones, sentimientos, crear conciencia, empatía, amor y ayudar a liberar dolor del alma). Lo que yo quería era crecer, evolucionar, profundizar en cada nueva creación.

Mi dedicación y crecimiento musical sorprendió a mi padre, quien consideraba que mis armonías y mis letras tenían un contexto más moderno y enriquecido que las que él hacía; y esto te lo digo con modestia y sin ningún atisbo de presunción, al contrario. Reconocer que un hijo ha superado al maestro es quizás el mayor orgullo que un padre puede sentir.

Recuerdo el día que mi padre me dijo estas palabras. Estábamos en casa, en esa sala donde tantas veces habíamos compartido música y conversaciones. Yo había terminado de tocarle una canción nueva, una en la que había trabajado durante semanas, puliendo cada verso, cada acorde, cada matiz. Cuando terminé de cantar, él se quedó callado por un momento largo, uno de esos silencios que parecen contener universos enteros. Y, rompiendo el silencio, me dijo:

Hijo, tus canciones tienen algo que las mías no tienen. Hay una modernidad en tus letras y una riqueza en tus armonías que yo no logro alcanzar. Héctor Martell · Mi padre, mi primer maestro

Viniendo de él, de Héctor Martell, el hombre que había sido mi primer maestro de guitarra, el compositor de «Amor añejo» y tantas otras canciones que habían tocado corazones, esas palabras fueron como un diploma universitario. Pero también fueron una responsabilidad inmensa que se posaba sobre mis hombros. Porque si mi padre, con toda su experiencia y talento, reconocía algo especial en mi trabajo, entonces tenía la obligación de seguir creciendo, de no conformarme, de honrar esa confianza que depositaba en mí.

La decisión de leer más, de estudiar, de enriquecer mi vocabulario no fue casual. Fue una decisión consciente y disciplinada, casi un plan de estudios autoimpuesto. Me di cuenta de que, para expresar lo que sentía, para capturar la complejidad de las emociones humanas, para hablar de las realidades sociales que comenzaban a inquietarme, necesitaba más herramientas. Las palabras que conocía no me bastaban para decir lo que quería decir, para pintar los cuadros sonoros que imaginaba, para construir los puentes emocionales que deseaba tender hacia los demás.

Así que comencé a leer todo lo que caía en mis manos: poesía, novelas, ensayos. Cada concepto que entendía me daba una nueva forma de ver el mundo y, por tanto, una nueva forma de cantarlo. Cada autor que descubría me mostraba posibilidades expresivas que no había imaginado.

La música seguía brotando como agua de manantial, pero ahora tenía mejores recipientes para contenerla. Las palabras fluían con más precisión, las metáforas se volvían más ricas, las estructuras más sofisticadas. Era como si, meses atrás, hubiera estado pintando sobre la tierra con acuarelas y, poco a poco, frente a mis ojos se desplegara una paleta completa de óleos, con nuevos pinceles y lienzos de mejor calidad.

Con el paso de los años, dada la inspiración innata y sin proponérmelo, ya tenía un álbum con más de 300 canciones, donde exploraba géneros como la balada, el bolero y la canción vernácula. La vida me daba material constantemente, y yo lo transformaba en música con la naturalidad con que los árboles transforman el dióxido de carbono en oxígeno.

Cada experiencia se convertía en canción. Cada observación, cada emoción, cada reflexión encontraba su camino hacia la guitarra y las palabras. Era un cronista musical de mi propia existencia y de la vida de quienes me rodeaban: un testigo que no se conformaba con observar, sino que necesitaba contar, compartir, transformar lo vivido en algo que pudiera ser experimentado por otros.

Sin embargo, soy un ser inquieto por naturaleza, y al observar que el 100 % de las canciones que se escuchaban en la radio y que yo cantaba en los bares trataban únicamente de la relación de pareja, decidí explorar otros temas. Sentía que había todo un universo de experiencias humanas que no estaban siendo cantadas, que merecían ser llevadas al lenguaje de la música.

¿Por qué toda la música tenía que ser sobre amor romántico?

¿Por qué no podíamos cantar sobre la injusticia, sobre la pobreza, sobre la esperanza, sobre los sueños colectivos?

¿Por qué limitarnos a las penas de amor cuando había tantas variables en el mundo que merecían ser cantadas?

El mundo estaba lleno de temas que pedían a gritos ser convertidos en canción. Veía la desigualdad en las calles, la corrupción en las instituciones, la desesperanza en los ojos de la gente. Veía también la belleza de la solidaridad, la fuerza de la comunidad, la resistencia del espíritu humano ante la adversidad. Veía luchas dignas que no encontraban eco en las ondas radiales, historias de resistencia que no se contaban en las baladas populares.

En mis adentros tenía la influencia de cantores sociales como Alberto Cortez, con su «Castillos en el aire», Joan Manuel Serrat con «Padre» y muchos otros que me enseñaron que todo eso merecía ser cantado. Todo eso necesitaba encontrar su voz.

La vida nos presenta retos cada día; todo aquello que anhelamos nos obliga a luchar, trabajar, esforzarnos. Pero no basta con el esfuerzo: cualquier esfuerzo sin conciencia es un esfuerzo inútil. Es decir, puedes lograr grandes sumas de dinero trabajando duro y de manera constante, pero cuando tu objetivo es más espiritual, más social, más comunitario, no solo deseas bienestar económico, sino también justicia e igualdad para las mayorías.

Observando la enajenación, la manipulación social, los engaños a los que diariamente se somete a las masas populares y las cuotas que pagamos todos a costa de todo eso, a los 30 años de edad escribí mi segunda canción de contenido social. Me brotó desde lo más hondo del alma, como un anhelo, como un grito, como un llamado que hice desde mi trinchera, desde mi rincón. A esa canción la llamé «Conciencia», y en su canto dice:

«Conciencia» Letra y música de Raúl Martell

Si llegaras con el manto de la noche
Y quedaras con nosotros de una vez
Si estuvieras en el agua que bebemos
Limpiaría la inconsciencia de mi ser

Si llegando a los albores del milenio
Recibiéramos tu canto como premio
Si fluyeras en las venas de mi gente
Al dolor nadie sería indiferente

Conciencia,
Ya no juegues con nosotros a escondidas
Necesaria compañera de la vida
Ven y dame dosis de tu medicina

Conciencia,
Ven a darme de tu fuerza que ilumina
Es urgente tu presencia cada día
Ven y cambia lo que cansa en mi rutina

Si brotaras como brotan manantiales
Si te oyeras como se oye esta canción
Que te escuchen de la Seca hasta la Meca
Que despierte entre nosotros la razón

Que se florezca tu legión de misioneros
Que promuevan tu mensaje de conciencia
Transformar aquello falso en verdadero
Es cuestión de madurez y de paciencia

Escribir «Conciencia» fue como abrir una puerta que no sabía que existía. De repente, tenía acceso a un territorio musical completamente nuevo, un espacio donde mi voz podía servir para algo más que entretener o consolar penas de amor. Ya no estaba limitado a cantar sobre corazones rotos y amores perdidos. Podía cantar sobre la urgente necesidad de despertar, sobre la responsabilidad social, sobre la transformación colectiva. Podía usar mi música como un instrumento de cambio, como una herramienta para la reflexión, como un espejo donde la sociedad pudiera verse a sí misma.

La canción es una invocación, una súplica a la conciencia, para que se personifique y se manifieste en nuestras vidas. La trato como a una entidad divina a la que necesitamos invocar, porque sin ella estamos incompletos como seres humanos. Es la personificación de esa voz interior que todos tenemos pero que a menudo silenciamos, esa voz que nos recuerda nuestras responsabilidades hacia los demás, hacia el mundo, hacia nosotros mismos.

«Si estuvieras en el agua que bebemos, limpiaría la inconsciencia de mi ser».

Esa línea resume todo lo que sentí al escribirla: que la falta de conciencia es como una contaminación, algo que entorpece, obstaculiza nuestra esencia humana, y que necesitamos purificar. Porque la inconsciencia no es nuestro estado natural, es como una enfermedad social que puede y debe ser curada.

«Transformar aquello falso en verdadero, es cuestión de madurez y de paciencia». Ahí está mi filosofía de vida condensada en dos líneas. La creencia de que podemos cambiar las cosas, de que la falsedad puede dar paso a la verdad, de que la injusticia puede transformarse en justicia.

Cuando terminé de escribir «Conciencia», me sentí feliz. A partir de esa nueva etapa ya no era solo un cantante que entretenía en bares y restaurantes. Me había convertido, sin proponérmelo, en un cantautor social, alguien que usaría su música para despertar conciencias, para plantear preguntas incómodas, para invitar a la reflexión. Alguien que no se conformaba con hacer que la gente bailara o llorara, sino que quería hacerla pensar, cuestionar, actuar.

Esa transformación no fue solo artística, fue personal. Porque cuando empiezas a cantar sobre la conciencia, tienes que vivir conscientemente. Cuando invitas a otros a despertar, tú mismo tienes que estar despierto. Cuando pides transformación social, tienes que estar dispuesto a transformarte. No puedes señalar el camino si no estás dispuesto a recorrerlo tú mismo.

La música se convirtió en mi forma de activismo, mi manera de contribuir a un mundo mejor. Cada canción social que escribía después de «Conciencia» era un pequeño acto de resistencia contra la indiferencia, contra la injusticia, contra la resignación. Era mi forma de decir «esto no está bien» y, al mismo tiempo, «podemos cambiarlo». Era mi manera de unirme a una tradición de cantautores que habían usado su voz no solo para entretener, sino para transformar.

Y descubrí algo maravilloso: que el público estaba hambriento de este tipo de letras en las canciones. Cuando cantaba «Conciencia» en mis presentaciones, veía cómo la gente se conectaba de una manera diferente. No era solo entretenimiento, era comunión. Era un momento de reflexión colectiva, de reconocimiento mutuo de que todos compartíamos las mismas preocupaciones, las mismas esperanzas. Era como si, por unos minutos, todos en la sala formáramos parte de algo más grande que nosotros mismos, de una comunidad unida por el deseo de un mundo mejor.

Siempre lo supe: la música y las canciones tienen un poder brutal para educar, concientizar, unir a la gente en torno a ideales y cambiar la realidad social. Una cosa es hacer que la gente baile o llore por amor y se desahogue, y otra muy distinta es hacer que piense, que cuestione, que se comprometa con la transformación de su realidad.

Desde «Conciencia» en adelante, mi música tuvo una misión. Ya no era solo expresión personal, era también herramienta social. No es que dejara de escribir canciones de amor o de otros temas, pero ahora había una dimensión adicional en mi trabajo, una intención que iba más allá del entretenimiento o la expresión personal.

La vocación de cantautor no debe estar encasillada en temas triviales. Como ha dicho Pablo Milanés:

Pobre del cantor que nunca sepa que fuimos la semilla y hoy somos esta vida. Pablo Milanés

Y yo, sin proponérmelo, sin darme cuenta, ahora estaba también en el camino del cantautor social, aquel que usa el don y el talento como instrumento de transformación. Porque las canciones pueden cambiar el mundo y despertar conciencia. Así pasó conmigo: yo me transformé a través de las letras de otros autores; escuchándolos me motivé, sensibilicé y acrecenté mi conciencia. El arte es parte esencial de la sociedad y los artistas tenemos una responsabilidad hacia ella; por eso me indigna profundamente el lenguaje que hoy se aplica a miles de canciones que enajenan, embrutecen y promueven una realidad mediocre y vulgar, y son de las que más funcionan.

El producto entretiene; el cantautor transforma.

Porque al final, eso es lo que hace la diferencia entre un producto del mercado y un cantautor comprometido con su vocación: el producto entretiene, el cantautor transforma. El producto hace que olvides tus problemas por un rato, el cantautor te ayuda a entender tus problemas para que puedas resolverlos. El producto te da lo que quieres escuchar; el cantautor, a veces, te da lo que necesitas escuchar, aunque no sea cómodo, aunque no sea fácil, aunque te obligue a cuestionarte.

No son muchos los autores que se atreven a dejar la comodidad de escribir «lo que funciona, lo que vende». Sin embargo, la verdadera vocación, la del autor compositor que busca y desea trascender, no solo hace canciones con la finalidad de entretener, sino que hace canciones que importan y que, al final del día, son necesarias. Canciones que no solo pasan por los oídos y parecen divertidas —muchas lo son—, sino canciones con letras que tocan el alma, el corazón y la mente. Canciones que se quedan, que resuenan, que inspiran y motivan a la acción. Como resultado, ahora que he escrito más de mil canciones, más de 100 de ellas tocan temas de contenido social.

Alguna vez, un reconocido compositor, al escuchar «Dices que no me entiendes», otra de mis canciones con fuerte crítica social, me dijo:

Tus canciones son diferentes, buenas, fuertes, incluso necesarias, pero no venden. Un reconocido compositor

Eso yo ya lo sabía. Cuando escribes temas sociales, la industria no va a voltear a verte; todos los autores y compositores sabemos que a la industria le interesa el dinero, no la conciencia social.

Quizás seas demasiado joven para saber que, cuando existían los discos, particularmente los long play, en ellos había una inscripción que presumía: «el disco es cultura». Ahora, con las plataformas digitales y la distribución de la música en internet, esa leyenda ya no existe y, al parecer, la idea de difundir la cultura a través de las canciones, tampoco.

El camino del cantautor social no es el más fácil: significa menos aplausos, menos reconocimiento comercial, menos «éxito» según los estándares de la industria. Es un camino que vale la pena recorrer. Porque cuando ves que tus canciones no solo entretienen sino que despiertan, no solo divierten sino que movilizan, no solo suenan como lo haría cualquier silbido, sino que transforman, motivan, llevan y proporcionan esperanza, sabes que vas en buen camino. El alma te lo dice, y al alma siempre hay que hacerle caso.

Raúl Martell