Mis primeros estudios musicales los realicé en la Escuela de Bellas Artes de la Ciudad de Oaxaca. Llegué a la institución con conocimientos de música elementales, aquellos que mi padre pudo otorgarme y los que, por mi cuenta, iba adquiriendo en el camino. Aún no tenía la claridad para elegir una carrera, pero la música brotaba en mí como agua en manantial, así que estudiar en Bellas Artes me producía una gran emoción. Por otra parte, relacionarme con otros compañeros artistas me resultaba enriquecedor y divertido, porque algunas noches acostumbrábamos salir de serenata, misma que llevábamos a nuestras compañeras de danza, algunas de ellas novias nuestras; éramos jóvenes y teníamos una energía que nos sobraba, y no importaba pasar toda la noche por las calles cantando de casa en casa, de novia en novia, a pesar de saber que al otro día tendríamos clases y distintas actividades. La música era juego, era cortejo, era amistad, era todo menos trabajo.
Fue en una de esas noches de serenata cuando, por casualidad, un joven empresario me escuchó y me invitó a cantar a su restaurant-bar «El Campirano». Él sabía que yo era menor de edad —en aquellos años que hoy recuerdo con nostalgia, tenía apenas 17 maravillosos años— y por eso me pidió cantar de tres a cinco de la tarde, horario que no implicaba problemas, puesto que se cantaba a la hora de la comida. Yo acepté, pues me encantaba cantar y, además, me iban a pagar… ¡Y ahí inicié el camino de presentarme en bares, restaurantes, hoteles y centros nocturnos! Un camino que transité en varios estados y algunos países durante diez años, años que se pasaron volando.
En los bares me forjé como trovador, en esos espacios donde la música se mezcla con las conversaciones, con las risas, con los suspiros y con las lágrimas a veces. Y ahí aprendí, de manera cruda y brutal, lo que sucede cuando la gente pierde la conciencia y los estribos por excesos del alcohol. Precisamente por esas experiencias, decidí desde los primeros años que yo no me habría de emborrachar, que me habría de mantener sobrio por seguridad, por salud, y porque mi objetivo no era perderme en ningún vicio, más que desarrollarme como cantante y compositor.
Mi decisión de mantenerme sobrio fue consciente, y sorprendía a los clientes, quienes confundían la imagen del trovador bohemio con la del borracho empedernido. Para el público era normal que, si cantabas en un bar con una guitarra en las manos, era lógico que te gustara emborracharte.
Imagina: un cantante joven trabajando en bares y centros nocturnos, rodeado constantemente de alcohol, de gente que te invita tragos, que te presiona para que «te relajes», que no entiende por qué el músico no bebe. «¿Cómo vas a cantar canciones de amor y desamor si no estás entonado? ¿Cómo vas a interpretar la tristeza si no tienes una copa entre pecho y espalda?», me preguntaban, invitándome insistentemente con una botella en la mano. Ellos firmemente creían que el alcohol era un requisito para lograr la autenticidad artística. La imagen de Pepe Jara, el trovador solitario, o de José Alfredo Jiménez, compositor de grandes éxitos, reforzaba la idea de que la guitarra, la música y las canciones iban de la mano del alcohol.
Pero yo veía lo que el alcohol hacía con la gente. Veía cómo transformaba personalidades, cómo convertía a hombres educados en bestias, cómo hacía que las mujeres perdieran la compostura. Veía peleas que comenzaban por tonterías, romances que se iniciaban en la borrachera y terminaban en lágrimas al día siguiente. Veía cómo algunos músicos, colegas míos, llegaban tarde a sus presentaciones, cantaban o tocaban desafinados y perdían trabajos por culpa del alcohol. El alcohol incluso era la entrada a drogas más fuertes.
Al respecto, te voy a contar dos terribles experiencias que me marcaron y dejaron perfectamente claro que emborracharse hasta perder la conciencia nunca es positivo. Ambas sucedieron en el Bar Tanibet del Hotel Misión de los Ángeles de la Ciudad de Oaxaca, lugar donde trabajé de manera consecutiva por más de tres años.
El alcohol, los cuernos y la violencia
Los cuernos
¿Qué buscamos al salir por las noches a un bar? ¿Disfrutar de buena música en un lugar agradable, compartir con amigos o con la pareja, seducir, enamorarnos? Hay tantas intenciones que nos mueven y tantas emociones y sensaciones que nos provocan salir por las noches. Las noches, que son cobijo de momentos crudos; los bares, en esas horas donde la tierra se cobija con sombras, son testigos de situaciones inconfesables. Como cantautor que pasé diez años en la vida nocturna, fui testigo de muchos momentos duros. Dos de ellos se quedaron en mi memoria como maestros de lo que el alcohol nos puede hacer si lo tomamos en exceso. Déjame que te cuente.
En el Hotel Misión de los Ángeles de la Ciudad de Oaxaca hay un bar que se llama Tanilao, un lugar agradable, cómodo, deliciosamente diseñado, acondicionado para la bohemia y el disfrute nocturno. Ahí trabajé más de tres años consecutivos. Ahí sentí y soñé que la vida de artista era la mejor de todas. Los aplausos del público, las canciones, el ambiente… todo me encantaba. Cada noche acudía sin esfuerzo alguno a cumplir con mi tarea, y lo hacía en el mejor lugar del hotel, el bar Tanilao.
El Bar Tanilao del Hotel Misión de Los Ángeles se encuentra a mano izquierda cuando tienes el hotel de frente. Entrando en esa dirección encuentras el estacionamiento, y a unos pasos más, el acceso al bar. El lugar tiene en la entrada amplios cristales que permiten ver hacia el interior: al lado izquierdo hay un área de descanso y recibimiento con cómodos sillones; en el acceso, a mano derecha, se encuentran los sanitarios; y de frente se ven las escaleras que permiten descender al área del bar propiamente dicha.
Abajo, en la parte derecha se encuentra la cantina, y de frente hacia la izquierda está el área de pequeñas mesas donde los asistentes ocupan sus lugares y disfrutan de la charla y de sus bebidas, al ritmo de la música que flota en el ambiente como un manto invisible que cobija a las almas compañeras de la noche.
Yo llegaba siempre minutos antes de las veintidós horas y me acomodaba sobre la tarima, sentado en el cómodo banco que los cantantes llamamos «periquera». Desde ahí podía ver a todos los que iban entrando, los veía elegir mesa, y desde esa posición privilegiada los atendía con las canciones que me solicitaban. Era mi observatorio particular de la condición humana, mi palco de primera fila para presenciar las comedias y tragedias que se desarrollan cuando la noche libera los instintos que el día mantiene encadenados.
Una de tantas noches, cuando el bar apenas estaba a media capacidad, llegó una joven pareja que inmediatamente captó la atención de todos los presentes. Blanca era hermosa y finamente arreglada, con una falda corta que lucía sus esbeltas piernas. Mario vestía un traje elegante, luciendo contento y distinguido, con esa confianza que da el saberse acompañado por una mujer que despierta miradas de admiración y envidia.
Al venir bajando la pareja por las escaleras, se toparon con dos amigos que tenían su mesa de frente, a apenas dos metros de donde yo estaba. Carlos y Ricardo los invitaron a sentarse con ellos, y Mario y Blanca accedieron gustosos, sin sospechar que acababan de aceptar una invitación al infierno disfrazado de cortesía.
Con el paso de las horas y el ritmo del ambiente bohemio, las copas empezaron a hacer efecto en la pareja. Carlos y Ricardo constantemente llamaban al mesero para que les sirviera «lo que ellos pidan», decían con una generosidad que ocultaba intenciones menos nobles.
El claro objetivo de Carlos y Ricardo era emborrachar a Mario, quien horas antes había llegado de la mano de Blanca, orgulloso y confiado. Aprovechando cualquier pretexto, estos llenaban la copa de Mario y brindaban gritando un entusiasta ¡Salud!, hasta que, con el paso de las horas, Mario quedó completamente borracho. El alcohol, ese traidor silencioso, comenzó a nublar sus sentidos y a relajar su vigilancia, convirtiéndolo, sin saberlo, en el cómplice involuntario de su propia deshonra.
Cuando Mario comenzó a cabecear, vencido por el sueño etílico, Carlos colocó su mano derecha sobre la rodilla de Blanca y comenzó a acariciarla con una audacia que solo la penumbra del bar podía permitir. Ella fingió no darse cuenta, pero su sonrisa cómplice delataba que la caricia no era del todo indeseada.
En un momento más audaz, Carlos se acercó al oído de Blanca fingiendo hablarle como si le dijera un secreto, y en ese acto le dio un beso en el cuello. Ella siguió sonriendo y chocando su copa con la de Mario, quien, como podía, alcanzaba a decir ¡Salud! con la voz pastosa de quien ya ha perdido la batalla contra el alcohol.
Unos minutos más tarde, la mano de Carlos se deslizó hacia el centro de las piernas de Blanca, quien delicadamente se levantó y subió las escaleras dirigiéndose hacia los sanitarios. Carlos se paró detrás de ella, y ambos empezaron a subir las escaleras. En la parte superior, giraron a la izquierda y desaparecieron en la entrada de los servicios sanitarios.
Fue uno de los meseros quien los sorprendió en apasionado beso y sensual abrazo, una imagen que no guardó para sí mismo, ya que enseguida fue a «compartirla» con los demás meseros, quienes no perdían detalles de lo que en esa mesa estaba sucediendo.
Un poco más tarde regresaron a la mesa, donde Mario ya se encontraba totalmente borracho, ajeno a la traición que se había consumado a unos metros de su inconsciencia. Blanca volvió a levantarse minutos después, rumbo al baño nuevamente, y en esta ocasión fue Ricardo quien ofreció su brazo y le ayudó a subir las escaleras.
Pero esta vez no giraron hacia los sanitarios, sino que salieron por la puerta rumbo al estacionamiento, donde la oscuridad de la noche se convertiría en cómplice de una segunda traición, más audaz y definitiva que la primera, ya que Ricardo había llevado a Blanca rumbo a su automóvil, y ahí dieron rienda suelta a sus ansias contenidas; se desprendieron de las ropas, de las inhibiciones y de la vergüenza, besándose con pasión y entregándose cuerpo a cuerpo en la medida en que la incomodidad del vehículo se lo permitía, mientras algunos meseros, que discretamente los habían seguido, observaban con morbo el acto que Mario, sumido en su borrachera, ni en sueños imaginaba.
Desde mi periquera, yo era el testigo silencioso de esta vergüenza, el cronista involuntario de una historia que se repetía desde el principio de los tiempos. Veía cómo el alcohol, la vanidad y la lujuria se confabulaban para destruir lo que probablemente había sido construido con amor y esperanza.
El marido seguía ahí, sumido en su estupor etílico, inconsciente de que su mundo se desmoronaba mientras él soñaba quizás con días mejores. Los otros clientes del bar continuaban con sus conversaciones, ajenos al drama que se desarrollaba ante sus ojos, porque en lugares como el Bar Tanilao, cada quien carga con sus propios secretos.
Esa noche aprendí que la traición no siempre llega con estruendo y escándalo. A veces se desliza silenciosa como una serpiente, aprovechando los momentos de vulnerabilidad para clavar sus colmillos venenosos. Aprendí que el alcohol puede ser el peor enemigo del amor, porque nubla la razón del que debería proteger y libera los instintos de quienes acechan en las sombras.
Desde mi lugar de cantante, había presenciado muchas historias de amor y desamor, pero pocas tan crudas y directas como esta. Era como si la vida hubiera decidido representar ante mis ojos una obra de teatro con personajes de la vida real, donde el final morboso era inevitable desde el momento en que se levantó el telón.
Esa noche de alcohol y cuernos quedó grabada en mi memoria como una lección sobre la fragilidad de la confianza y la facilidad con que puede ser traicionada cuando se baja la guardia. Y yo, desde mi periquera, seguí cantando las canciones que me pedían, sabiendo que cada melodía llevaba consigo historias similares, porque al final, la música no es más que el eco de las pasiones humanas en todas sus formas: las nobles y las ruines, las hermosas y las terribles.
Después de más de una hora regresaron a la mesa, Blanca con el cabello ligeramente despeinado y una sonrisa que intentaba disimular lo ocurrido, Ricardo con la satisfacción del conquistador que ha logrado su objetivo. Mario seguía en su estupor, inconsciente de que acababa de perder mucho más que una noche de lucidez.
Cerca de las tres de la mañana, la pareja se retiró. A Mario tuvieron que ayudarlo, cargándolo entre Carlos y Ricardo, esos mismos que habían orquestado su caída con la precisión de depredadores experimentados. Él salió del bar como había entrado, de la mano de Blanca, pero ya no era el mismo hombre. Sin saberlo, había perdido su honor en las sombras de una noche que recordaría, si es que la recordaba, como una velada agradable entre amigos.
La sensación que me acompañó esa noche fue de terrible desencanto y vergüenza ajena. Claramente comprendí que si Mario no se hubiese emborrachado, que si hubiese tenido moderación y no hubiese permitido que su copa estuviese constantemente llena, ni Carlos ni Ricardo se habrían atrevido tanto con Blanca. Ella, por su parte, si no se hubiese alcoholizado, es muy probable que jamás habría permitido que la trataran de esa manera.
El alcohol había sido el verdadero villano de esta historia, el facilitador silencioso que había convertido a un matrimonio en víctimas de su propia falta de prudencia. Era una lección cruel sobre los peligros de bajar la guardia en un mundo donde siempre hay quienes esperan el momento oportuno para aprovecharse de la vulnerabilidad ajena.
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